Tierra de Condores
Publciado por sobremontanyasyotrosvericuetos - 28/03/12 a las 09:03:25 pmSalimos de noche, no hace mucho frío pero el cielo esta cerrado, un par de estrellas se resisten a ser cubiertas por las tercas nueves que se niegan a irse. Nos levantamos a las tres y media de la mañana, no hay ganas de salir de la carpa, todo esta tieso, como sin ganas de moverse, petrificado por una fuerza a la que no nos acostumbramos. Salimos, de tercos, de necios, de tercos. Tengo poca agua, me preocupo, el día va a ser largo y se que es poca, antes de salir tomo un jugo que me sabe a plástico, no importa.
La gente va en todas direcciones intentado arreglar mil detalles que siempre se nos escapan. Un hombre intenta hablar con las estrellas, con su bastón de mando, les dice que nos acompañen y a la montaña que se paciente con nosotros, que nos aguante una vez más.
Salimos, todos, en silencio, como intentando tragar el gran tronco de la garganta que se forma siempre en la oscuridad. El viento es suave, contundente, como para que no olvidemos su presencia, la hierva es más verde que de costumbre, mojada. Cuando llegamos al final de una subida que apenas nos da tregua para trabar algo de saliva, el cielo se mancha. Es una mancha, tímida, como un naranja que tubo mejores días, como una naranja en mejores manos. pero es nuestro naranja. Caminamos sin saber muy bien por donde o para que hasta que la mancha no esta más y le sede el paso a una manta gris, como polvorienta, de esas que nadie quiere, es una luz parca como desganada.
Poco a poco vamos dejando atrás el páramo, solo quedan pequeños vestigios de vegetación, dispersos, como si hubiesen anidado a gusto en tierra cada vez menos fértil, en tierra que se niega a que le broten el terco verde del páramo.
El viento es fuerte, si te descuidas te pone el culo en la tierra, si te descuidas te engarrota las manos, miro de reojo al Salmón, ella impasible, camina, decidida.
No me di cuenta pero entramos en otro mundo, no se donde quedo la puerta de salida. Caminamos por una larga arista en donde una cuchillas de rocas se superponen como amontonándose en un descuidada muralla. Una perra de color dorado y ojos negro nos acompaña desde el principio, como si nada corre a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar, desde lo
alto nos espera, imperturbable, de vez en cuando cierra los ojos, como si quisiera escuchar algo más que el viento…
Cuando llegamos a la cima, nuestro querido Huila se esconde, no se deja ver, no hay mucho tiempo, un apretón de manos y para bajo. Poco a poco perdemos, de nuevo, ese pequeño reino que nos ganamos, como siempre volvemos al mundo de siempre, esperando siempre ganar otro pedazo de aquellas montañas.
Crónica de una pared
Publciado por sobremontanyasyotrosvericuetos - 02/03/11 a las 02:03:17 amTe bajas del bus y sientes el sol y el viento que pegan con fuerza. Un par de perros buscan algo que comer o a alguien a quien acompañar.
Hay una vía de tren atravesada caprichosamente. Las piedras alrededor están esparcidas como si alguien se hubiese tomado la molestia de acomodarlas en un lugar preciso, y los viajeros, por capricho propio o divino se encargan ordenarlas, con las mismas botas que han pisado otros suelos.
Ahí estamos de nuevo, frente a estas rocas majestuosas e impávidas, que saben más de sueños y de lágrimas, que de envidias y rencores. Son casi tres kilómetros de pura arenisca fría y dura. Un mundo entero de paredes verticales, techos enormes y fisuras eternas, que hacen que hasta el más petulante de los escaladores, saque de su mochila la humildad que tanta falta nos hace.
Si nos sentáramos a escuchar las tragedias y las pequeñas glorias que estas paredes tiene para contarnos, nos daríamos cuenta que el extraño oficio de subir paredes, es tan misterioso y caprichoso, como la existencia de aquellas moles de arenisca que reposan solemnes sobre un lecho de fuego, y esperan paciente su turno de partida.
CAE es el nombre de la primera ruta que intentamos el Salmón y yo. (El Salmón es una mujer de ojos firmen y manos certeras, de pecas en el rostro y sueños en el alma) la tarde estaba un poco fría, pero las ganas de intentar la ruta eran muchas. Del primer largo no hay mucho que decir; una placa de buenas regletas y buenos pies, lo único, no había muy buena protección, unos pequeños stopper fueron nuestro único consuelo, mejor no pensar en ellos.
La vía discurría por una serie de lindas placas que al final te dejaban en una buena repisa, y desde hay se insinuaba el resto del itinerario –no muy lógico por cierto-
No había mucho que pensar, escalar con calma y tratando siempre de disfrutar. Los largos fueron pasando, eran una serie de paredes verticales, adornados con excéntricos cachos y quesos (formaciones particulares de la roca que se asemejan a un queso) que parecían tallados con autentico desgano, pero con la contundencia de quien sabe lo que busca. Escalar por aquellas paredes daba la falsa sensación de seguridad, buenas presas para pies y manos, excelentes descansos y un paisaje hermoso. Sin embargo la protección era un poco precaria; un par de friends cada tantos metros, unas cintas tubulares amarradas con nudos de alondra, a esos cachos, que mejor es no preguntarse por su solides real.
El último largo, sin lugar a dudas fue el más intrigante. Solo una placa nos separaba del final de la ruta, quizás unos veinte o veinticinco metros de arenisca positiva. Ella -la placa- parecía esculpida con infinita paciencia, de quien sabe que el reloj no se de tiene, pero que tampoco importa.
La reunión en la que nos encontrábamos era solida, los friend, se hallaban en una fisura vertical, nosotros sobre una cómoda repisa que nos permitía ver con calma lo que nos esperaba. Era casi de noche y aun no comenzábamos con la escalada del último largo, el frío y el viento hacían sentir su presencia. Yo, un poco confundido sobre cual seria la línea correcta, miraba de reojo al Salmón, ella como ajena a mi preocupación, me entregaba con una sonrisa en los labios y con manchas de magnesio en la cara, el equipo que había recogido.
Entonces… para arriba. Cuando llegamos al final de la ruta, la luz del sol no estaba mas, en cambio nos acompañaban las estrellas que eran testigos silenciosas, de una escalada honesta, de las mismas que no confrontan tus músculos, si no el espíritu y los deseos.
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